martes, 24 de marzo de 2015

Punto de vista

      Por dónde empezaría esta breve historia sino por donde realmente merece ser contada. No para poder estrenar tinta y papel, sino para ordenar un poquito los elementos y darles el lugar que corresponde a cada cual en este mundo. ¿En este mundo? De fondo una voz dijo. ¿Quién vive? Contesté. ¡Que buena elocución hombre!, porque no ha de ser éste, mi mundo, menos real que el tuyo, ni menos verosímil que el que rodea a aquel otro hombre, ¿lo ves?, sí, sí, aquel que tiene este libro delante, contestó. Mis ojos no se abrieron más porque el dolor del esfuerzo me hizo volver a dejarlos en su posición normal. No menos abierta había quedado mi boca. Es que en mis sueños esta situación la había vivido ya muchas otras veces, pero nunca tan vívida como ahora. Además, me faltaba eso, que en los sueños estaba por doquier. Eran puentes, sí, pero de un color verdoso, como el color que el editor ha elegido para la tapa del libro que tiene en la mano. Si, es verde, lo veo, lo estoy viendo ahora. No levante la vista, no, no. Repósela acá, déme vida, permítame existir como usted necesita que su lector le dé existencia. ¿O me va a decir que no se dio cuenta todavía? Reía. ¿Usted o yo? ¿O él? ¿Quién reía?, contestó. Porque si me está contando la historia a mi, reía usted, u otro, o si quiere, puede tutearme. Ahora, si la historia se la está narrando al del libro en las manos, no le mienta, que yo no reía, ni usted lo está haciendo ni nadie reía, salvo ahora usted…

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Un retazo de cuarto


PRIMERA PARTE DEL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA


PRIMERA PARTE
DEL INGENIOSO HIDALGO
DON QUIJOTE DE
LA MANCHA


INTRODUCCIÓN:

Lo que propongo en este humilde trabajo es el análisis de los recursos retóricos de los que se vale Cervantes para escribir esta magnífica obra literaria y, a través de ellos tratar de entender (al menos un poco) el porqué de esa catalogación. Me centraré en la ironía como haz central, y posteriormente y consiguientemente en la metáfora para entender la construcción de los mundos que conviven en la obra, que interactúan y que ayudan a llevar adelante la dinámica de la misma.

De este modo, y citando a Lauro Zavala en su discurso “Para nombrar las formas de la ironía”: será el personaje principal, nuestro don Quijote de La Mancha a llevar a cabo todo el tiempo esa “ironía de carácter, que consiste en la oposición entre lo que un personaje cree o dice ser, y lo que realmente es”, cuando impulsado por su locura y por su indiscutible creencia anacrónica de estar viviendo en un mundo falto de caballeros andantes como él, se disponga a armarse como tal para combatir las injusticias sociales, vencer mosntruosos gigantes, conquistar innombrables ínsulas y dedicar altruistamente cada uno de sus logros a su gallarda amada “Dulcinea del Toboso”. Es por esto loable destacar la mano (y no porque solamente dispusiese de una) de Miguel de Cervantes que, con un arte inigualable ha sabido mantener el nivel de verosimilitud, aún cuando los mundos presentados fueran yuxtapuestos e irreconciliables.

De todos modos, todas y cada una de estas características y puntas que vienen fuera ya en la introducción y en la curiosidad del lector serán bastamente (aunque no profesionalmente) analizadas en este trabajo.

Aunque sin animosidad, pero sí como advertencia a quien lea El Quijote, recomiendo siempre desconfiar de la buena voluntad de Cervantes para con el caballero andante, pues como se verá, lo ha puesto en medio de un torbellino de ironías, en un contexto de metáforas que, de ser analizadas de manera mas o menos basta, transfigurarán esa realidad que muta permanentemente en torno a nuevos personajes, a nuevas lecturas del mundo y a un anacronísmo tal que permitirá a sendos mundos convivirsin contraponerlos existencialmente más que en la incredulidad del lector.
           
TEXTO ORIGINAL:

PRIMERA PARTE
DEL INGENIOSO HIDALGO
DON QUIJOTE DE LA MANCHA

CAPÍTULO PRIMERO

Que trata de la condición y ejercicio(1) del famoso y valiente hidalgo don Quijote de la Mancha

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme(2), no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero(3), adarga antigua, rocín(4) flaco y galgo corredor(5). Una olla de algo más vaca que carnero(6), salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados(7), lantejas los viernes, algún palomino de añadidura(8) los domingos, consumían las tres partes de su hacienda(9). El resto de ella concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, los días de entresemana se honraba con su vellori de lo más fino(10). Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza(11), que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años(12). Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir(13) que tenía el sobrenombre de Quijada o Quesada(14) (que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben), aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llama Quijana. Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad(15).

Es, pues, de saber, que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año) se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas fanegas(16) de tierra de sembradura, para comprar libros de caballerías en que leer, y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y, de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva(17): porque la claridad de su prosa, y aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafío(18), donde en muchas partes hallaba escrito: “la razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura”, y también cuando leía: “los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas se fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza…”(19). Con estas y semejantes razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas, y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara, ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Belianis daba y recibía, porque se imaginaba que por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales; pero con todo alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseo de tomar la pluma, y darle fin al pie de la letra como allí se promete; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran.

Tuvo muchas veces competencia con el cura de su lugar (que era hombre docto graduado en Sigüenza)(20), sobre cuál había sido mejor caballero, Palmerín de Inglaterra o Amadís de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al caballero del Febo, y que si alguno se le podía comparar, era don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en lo de la valentía no le iba en zaga.

En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos, como de pendencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores, tormentas y disparates imposibles, y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo.

Decía él, que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero; pero que no tenía que ver con el caballero de la ardiente espada, que de sólo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalle había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los brazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque con ser de aquella generación gigantesca, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado; pero sobre todos estaba bien con Reinaldos de Montalbán, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuantos topaba, y cuando en allende(21) robó aquel ídolo de Mahoma, que era todo de oro, según dice su historia. Diera él, por dar una mano de coces al traidor de Galalón(22), al ama que tenía y aun a su sobrina de añadidura.

En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra, como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras, y a ejercitarse en todo aquello que él había leído, que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo género de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros, donde acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo por lo menos del imperio de Trapisonda: y así con estos tan agradables pensamientos, llevado del estraño gusto que en ellos sentía, se dió priesa a poner en efecto lo que deseaba. Y lo primero que hizo, fue limpiar unas armas, que habían sido de sus bisabuelos, que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo; pero vió que tenían una gran falta, y era que no tenía celada de encaje(23), sino morrión simple(24); mas a esto suplió su industria, porque de cartones hizo un modo de media celada, que encajada con el morrión, hacía una apariencia de celada entera(25). Es verdad que para probar si era fuerte, y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada, y le dió dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana: y no dejó de parecerle mal la facilidad con que la había hecho pedazos, y por asegurarse de este peligro, lo tornó a hacer de nuevo, poniéndole unas barras de hierro por de dentro de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza; y, sin querer hacer nueva experiencia de ella, la diputó y tuvo por celada finísima de encaje.

Fue luego a ver a su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela(26), que tantum pellis, et ossa fuit,(27) le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le podría: porque, según se decía él a sí mismo, no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y así procuraba acomodársele, de manera que declarase quien había sido, antes que fuese de caballero andante, y lo que era entones: pues estaba muy puesto en razón, que mudando su señor estado, mudase él también el nombre; y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba: y así después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.

Puesto nombre y tan a su gusto a su caballo, quiso ponérsele a sí mismo, y en este pensamiento, duró otros ocho días, y al cabo se vino a llamar “don Quijote”(28), de donde como queda dicho, tomaron ocasión los autores de esta tan verdadera historia, que sin duda se debía llamar “Quijada”, y no “Quesada” como otros quisieron decir. Pero acordándose que el valeroso Amadís, no sólo se había contentado con llamarse “Amadís” a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria, por hacerla famosa, y se llamó “Amadís de Gaula”, así quiso, como buen caballero, añadir al suyo el nombre de la suya, y llamarse “don Quijote de la Mancha”, con que a su parecer declaraba muy al vivo su linaje y patria, y la honraba con tomar el sobrenombre della.

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín, y confirmándose a sí mismo(29), se dió a entender que no le faltaba otra cosa, sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores, era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma. Decíase él:
- Si yo por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante, como de ordinario les acontece a los caballeros andantes, y le derribo de un encuentro, o le parto por mitad del cuerpo, o finalmente, le venzo y le rindo, ¿no será bien tener a quién enviarle presentado, y que entre y se hinque de rodillas ante mi dulce señora, y diga con voz humilde y rendida: “yo señora, soy el gigante Caraculiambro, señor de la ínsula(30) Malindrania, a quien venció en singular batalla el jamás como se debe alabado caballero don Quijote de la Mancha, el cual me mandó que me presentase ante la vuestra merced, para que la vuestra grandeza disponga de mí a su talante?”

¡Oh, cómo se holgó nuestro buen caballero, cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quién dar nombre de su dama! Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque según se entiende, ella jamás lo supo ni se dió cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo, y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla “Dulcinea del Toboso”(31), porque era natural del Toboso: nombre a su parecer músico y peregrino(32) y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto.



ACLARACIONES PREVIAS:

Al encarar la lectura de este fragmento de la obra de Miguel de Cervantes, en su edición previamente citada, me encontré de frente a un problema que no hizo más que ponerme ante la infinita profundidad del análisis (o los análisis) del texto que yo creí poder abarcar por completo, descubriéndome sabedor de cosas que ignoraba conocer y que no recordaba siquiera recordar; pero también fueron de fundamental importancia ciertos comentarios al margen que había yo en algún tiempo hecho para facilitarme el posterior estudio; y unas notas al pie del editor para desambiguar modismos gramaticales, léxicos caídos en desuso o que en más de quinientos años han sido despojados de su contextual uso.

Fue gracias a esta situación que, además de agradecer por las notas que el Mariano del pasado dejó al Mariano del futuro, pude descubrir la vital importancia del contexto en el análisis de la obra. No creyéndome sabedor (lamentándome incluso por los detalles que seguramente no reconozca) valoro el nivel contextual con el que abordo el texto, pero considerando necesario transmitirlos y describirlos como herramienta fundamental de la comprensión a realizar.

Por estos mismos motivos describiré aquellas notas que no solo aclaran, sino que vinculan y se hacen partícipes necesarias de la percepción de los recursos que el autor (a sabiendas y no tanto) ha dejado plasmados en este, el primero de los capítulos del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha:
1.       Condición es tanto la posición social como los rasgos personales; y ejercicio es en modo de poner en práctica tal condición (que ya vendrá analizado más adelante pero que se ve desde el primero de los párrafos que se trata de una irónica alusión al “hidalgo” de población rural (que por otro lado en la España de 1600 estaba muy bastardeada).
2.      Léase “no voy o no llego a acordarme”: recurso utilizado para hacer alusión a un ignoto lugar; para hacer referencia al estilo de los libros de poemas épicos de caballerías leída (como se verá) por don Quijote; o para menospreciar la comarca de proveniencia de éste anacrónico individuo.
3.      Astillero: lugar donde se colgaban las armas.
4.      Rocín: caballo de trabajo (del cual posteriormente nos fornirá características y genealogía el autor).
5.      Hasta este punto final de oración, lo que nos permite ver Cervantes a través de su escueta pero contundente descripción es la visión del mundo a través de un entretejido de realidades, subjetivismos y redescripciones, pudiendo identificar tantos niveles de conocimiento del mundo como personajes aparecen aquí. Esto lo explicaré posteriormente, pero por ahora quedémonos con la descripción que nos da la nota al pie: la primera caracterización que nos da el autor es menos individual que social. Se presenta como “un hidalgo de los de…”, un exponente típico de los hidalgos rurales con pocos medios de fortuna (por debajo, pues, del estamento de los “caballeros”, hidalgos ricos y con derechos a usar el “don”) y sin otra ocupación que mantenerse ociosos, para no decaer al estado de pecheros perdiendo los contados privilegios que aún conservaban /en especial, la excención de muchos impuestos).
6.      Porque la carne de vaca (para la olla) era más económica que la de carnero.
7.      Salpicón: fiambre preparado con los restos de la olla del mediodía; duelos y quebrantos: probablemente haga alusión a huevos con tocino o chorizo.
8.     Añadidura: como plato especial.
9.      Las tres cuartas partes de su renta.
10.   Este párrafo hace alusión a las vestimentas: sayo: traje masculino con falda, ya pasado de moda en 1605; velarte: paño de abrigo de color oscuro; calzas: medias abombadas con tiritas y abrigo para los muslos; velludo: felpa o terciopelo; pantuflos: calzado que se ponía sobre otros zapatos; vellorí: paño de color pardo, de calidad mediana.
11.   “mozo de campo y plaza”: mozo para todo.
12.  En una sociedad en donde la expectativa de vida era poco más que 30 años, el Quijote era un anciano.
13.  “quieren decir…”: “algunos dicen”.
14.  “sobrenombre”: apellido.
15.   Desde el principio don Quijote se presenta como alguien que ha existido de verdad, cuya fama es anterior al libro de Cervantes, y cuya historia va reconstruyéndose a partir de distintos testimonios que no siempre coinciden entre si. Y por otro lado, y haciendo mención a otra de las características que nos acompañarán como guía de análisis del texto, vemos este juego irónico de “la verdad” pero que suponemos y sabemos falaz.
16.  Fanegas: porción de tierra de entre una hectárea y una hectárea y media.
17.   Escritor de varias continuaciones del “Amadís de Gaula” entre 1514 y 1532.
18.  Cartas en que se exponían condiciones, motivos y términos de los desafíos.
19.  Las citas no son literales, pero sí fieles al estilo del autor citado.
20. Cigüenza: universidad de escaso prestigio.
21.  “allende”: en ultramar.
22. Galalón o Ganelón: el traidor de la “Canción de Roldán” por el cual los franceses son derrotados en Roncesvalles.
23. Celada: especie de casco que cubría la cabeza y la nuca, y si llevaba visera, también la cara; era de encaje cuando mediante una especie de falda, podía encajarse directamente sobre la coraza.
24. Morrión Simple: casco sencillo, típico de arcabuceros.
25.  Don Quijote utilizó una especie de pasta moldeable hecha de cartones y engrudo o cola para suplir su falta de elementos. ¡Gran industria!
26. “tenía más cuartos que un real”: juego de doble sentido de la palabra “cuartos”: por un lado así nominada la enfermedad de las caballerías; y por el otro lado, moneda de poco valor. Y “tachas”: defectos.
27.  tantum pellis et ossa fuit”: “era solo piel y huesos” según un dicho del poeta Teófilo Folengo.
28. Los “hidalgos” no tenían derecho al tratamiento de “don”, que estaba reservado a los caballeros. El nombre del protagonista es el de una pieza de la armadura, el quijote (nunca mencionado en la novela), que cubría los muslos; por otro lado recuerda al Lanzarote de las novelas artúricas y se sirve de una terminación que en español suele limitarse a términos ridículos y jocosos. Así, “don Quijote” sonaba en la época como una distorsión cómica del ideal caballeresco
29. el ser armado caballero entendía como análogo al sacramento de la confirmación, momento en que se puede cambiar de nombre incluso.
30. Ínsula: isla. Cultismo común y propio de los libros de caballerías (y que Sancho sólo por excepción entenderá en ese sentido).
31.  En la actual provincia de Toledo. Aldonza y Dulce eran nombres de mujer que se relacionaban entre sí. La terminación en ea, nos remite al nombre Melibea, protagonista de “La Celestina” y otras figuras literarias.
32. “Peregrino”: original.

A través de estos puntos comentados, podemos empezar a entrever esas características que hacen y dan cuerpo al fragmento de la novela a estudiar: podemos ver la ironía, expresada a todo nivel, vertical y horizontal, en profundidad histórica y en relevancia cultural; podemos ver analogías que parecerían simples, pero que combinadas con la ironía se vuelven tan complejas como la psicología social descrita por Cervantes; podemos ver la connotación y la denotación textual en varios planos de la obra; más allá de otras tantas joyas que considero haber detectado y que no dejan de ser enriquecedoras. Hechas estas no pocas aclaraciones, continuamos con el avance en el desglose del texto.



ANÁLISIS DE LA OBRA:

Punto de vista del Narrador:
            En este primer capítulo lo que encontramos es un narrador único, omnisciente que toma parte en el relato como un verdadero analizador objetivo de la realidad. Pero, como vemos, en ese título de “analizador objetivo”, radica su mayor contradicción: por un lado la subjetividad del comentar la obra, “analizando”, o sea, reordenando la realidad percibida por él, construida a través de los escritos anacrónicos del moro anacrónico (Cide Hamete Benengeli), y saliéndose de ese rol de narrador historiográfico; y por el otro, una objetividad que, como explicaré a continuación, no resulta en realidad tan concreta:
             
Para entender mejor el punto de vista del narrador nos sirve al menos el primer párrafo de la obra. En ella se destacan en negrita aquello que supondría el punto de vista desafectado del locutor; y en amarillo aquello que es claramente subjetivo. Se podrían hacer, de todos modos, otras lecturas, otros niveles de interpretación de lo remarcado (por ejemplo “que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera”, que no es ni más ni menos que una metáfora, y/o una ironía), pero me cerniré solamente a cuanto respecta a la postura del narrador. Las otras interpretaciones las retomaré más adelante.

Por otro lado, si bien no se manifiestan en este capítulo más que en una breve alocución, hay otros tipos de narradores que son los personajes. Así encontramos el “fluir de la conciencia” del quijote (que no es un monólogo interno porque no es conciente de estar redactando su historia, sino que se configura ligado a la participación que el locutor le concede), a modo de diálogo en el cual proyecta no solo una hipótesis de lo que diría si aconteciese cuanto él quisiera, sino que da voz al Gigante Caraculiambro, señor de la ínsula Malindrania”.

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero), adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. […] Tenía en su casa […] un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años. Era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro; gran madrugador y amigo de la caza. […] Pero esto importa poco a nuestro cuento; basta que en la narración de él no se salga un punto de la verdad.
           
            Así encontramos cómo el autor (decidido por el discurso reportado o citado como estrategia discursiva) configura al menos en este momento tres niveles de narradores: el narrador propiamente dicho; el narratario, que se transformará en narrador cuando exprese en sus diálogos cuanto es menester aclarar, sugerir y comentar -subordinado al narrador-; y el narratario Caraculiambro que gana voz en su discurso narrativizado. Interesante resulta ver cómo se configuran estos niveles, y cada uno con una estrategia narrativa distinta a la otra, que, a mi parecer, no sólo enriquece desde lo discursivo, sino que genera dinamismo y diálogo entre locutor – y personajes subordinados que, en ningún momento entablan conversación, aunque Cervantes nos haga creer lo contrario. Artificios literarios que, siguiendo la línea del desengaño barroco español, nos hace desengañarnos del dialogo que no es tal.

El tema central: la ironía en el Quijote:
Cuando digo que la ironía es el tema central en la obra no es por capricho o porque sea el recurso más utilizado, sino porque es el motor que llevará adelante la obra, motivo de su nacimiento y disparador de todos los otros recursos retóricos que se analizarán.

Tenemos la realidad del siglo de oro español, contexto en el cual Cervantes escribe. Es importante hacer esta aclaración para poder entender a qué plano, el desengaño del autor (como el de los españoles en general) arriba a plasmarse como ironía: el creerse algo que no se es, el sentirse protagonistas de una historia que en definitiva es otra, la riqueza de un imperio que no es más que un intermediario entre la explotación americana de los recursos y los verdaderos acreedores de esa fortuna que son aquellos que financian a la pobre España a crear esa burbuja de realidades inexistentes.

Lo mismo le ocurre al personaje de la historia que nos ocupa. Un hidalgo, “de los de lanza en astillero...” descrito como el gran caballero, de noble espíritu y condición, pero cuyos hábitos alimenticios describen una desmejorada situación y una escasa posibilidad de comer como debiera él hacerlo. Incluso, en una lectura aún más profunda, me pregunto yo ¿cuándo se ha sentido hablar a los caballeros en las historias de caballerías sobre comidas? Ahí se abre otra sutil pero no menos perceptible ironía: la del “español de condición” que había dejado de ser el de las novelas, para pasar a ser el segundón hambriento y desesperado que lejos de encaramarse en aventuras de justicia social, partía para las Américas en busca de la posición y comodidad que el contexto le era negado hacía ya mucho tiempo. Ahora, alejándonos de este análisis político y pasando a otro de carácter imaginativo, es indudable que la representación de este caballero es cómica: un andrajoso, descuidado y mal alimentado que vivía de glorias pasadas, ironizado y satirizado desde el vamos, que “Tenía en su casa una ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba a los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera”, o sea, rodeado de gente que no ayudaba a suplir sus faltas y que lejos estaban de ser compañías dignas de su gallardía. Y cuyo nombre está en debate no por nobleza, sino porque no se puede determinar si fuese característica física (Quijada = relacionado a su prominente mentón que, sumado a su “complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro” dan una imagen deplorable de su persona) o a otros factores.

La ironía continúa configurándose en cada descripción aportada por el narrador que nos recuerda el gusto del caballero andante por las lecturas caballerescas que propiciaron la venta de parte de su hacienda para la compra de textos. O cuando nos aporta fragmentos de Feliciano de Silva sobre razones sin razones que no podría ni Aristóteles develar (qué casual la aparición de la noción de las razones y sinrazones de don Feliciano, cuando se describe y construye la no razonable figura del Quijote). También cuando nos cuenta la fascinación que tiene por las competencias respecto a debates morales con personajes como:
·           El cura de su lugar: hombre sabio, graduado en la universidad de Sigüenza. Irónica descripción ya desde la situación, pero aparte, porque el clérigo estaba recibido en una universidad de escaso prestigio y que, si bien pertenece por su condición (como figura necesaria) a la novela de caballerías, no es este cura en particular que parece más un cura de pueblo que un sabio docto.
·         Maese Nicolás, el barbero del pueblo. Hombre terrenal, que disiente con el quijote porque percibe que más allá de la moral y la ética propiciada por esa literatura, lo importante es mantenerse vivo, alejado de la valentía y las aventuras, pero disfrutando de los placeres humanos. Es en este sentido que se va configurando poco a poco el tema del anacronismo en la obra, un poco como recurso irónico, otro poco como medio para llegar a él.

Es así que “del poco dormir, y del mucho leer, se le secó el cerebro”: ya se analizará esta estructura como analogía, pero más allá de eso, es irónicamente lo que le pasó a nuestro personaje: terminó creyendo todas y cada una de esas historias que leyó, tanto que “para él no había otra historia más cierta en el mundo.”.

Y así imaginóse en situaciones de las más variadas, deshaciendo agravios y reafirmando su honra, ejercitándose en cada una de esas situaciones que describieran los clásicos de la caballeresca. Fue entonces que tomó las armas viejas, sucias y corroídas (anacronismo) y las limpió. Y acá aparece otra de las imágenes que nos graficarán la torpeza y la falta de profesionalismo del protagonista: a falta de celada se dispuso a hacerla de cartón, pero dándole unos espadazos y destruyéndola en el acto se dispuso a hacer una segunda, más resistente y con metal, la cual no probó porque sostuvo era más fuerte. La ironía se presenta aquí en estas perspectivas:
·           Por un lado en no probar su segunda finísima celada de encaje, que creyó más resistente (y que claramente no lo era).
·           En confeccionar de cartón sus dos morriones.
·           En demostrar que el casco era tan endeble y mal hecho que de dos espadazos (si, solo dos espadazos) de una persona tan maltrecha como el Quijote pudo romperse.
·           Que no probara el segundo casco no por estar hecho de manera distinta, sino por no ponerse a fabricar un tercero e igualmente andrajoso casco.

En el séptimo párrafo encontramos una exquisita descripción de su rocinante y de lo que para él representa sin lugar a dudas:
·           El narrador lo describe como un caballo que “tenía más cuartos que un real, y más tachas que el caballo de Gonela […] que ni el Bucéfalo de Alejandro, ni el Babieca del Cid con él se igualaban”. ¿Ironía? ¡No, para nada!
·           Rocinante: “…cuando fue rocín, antes de lo que ahora era…”. Un modo sutil de ningunear a ese pobre cuadrúpedo, presa de las locuras del Quijote.

La construcción irónica de su personaje continúa aún cuando define su nombre según las usanzas de los libros, o cuando por ejemplo decide encontrarse (o buscarse) una amada dado que así debía ser porque, encontrado el mal, derrotado y vencido ¿a quién habría de mandarle y dedicarle sus conquistas sino a una dama de noble condición, como la fabulosa y gallarda Dulcinea del Toboso (Aldonza Lorenzo)? Esa humilde labradora que ni enterada estaba de significante evento sería la destinataria de los gigantes encontrados y derrotados. Esa moza, hija de vecinos, fea según la decodificación de tan fina ironía utilizada por Cervantes sería la dama de nuestro caballero andante.

Yendo a otro nivel de análisis de la ironía, y no puntualizando ya sobre la lectura lineal del texto, aparece otra vinculada a la realidad que subyace en Cervantes para la confección de su texto: la configuración de los mundos. Y digo los mundos porque tenemos el que se describe a través de la ironía misma, y aquel otro que se permite ver si logramos pensar como nos propone el personaje principal. Para poder sentirnos en una caballeresca y para poder configurar el mundo como lo hace el Quijote es necesario referirnos a la evocación de los tropos de la caballeresca, o sea, propongo de hacer el ejercicio de desprendernos de los conocimientos previos de la obra: imaginemos que el texto hubiese sido escrito en el siglo XV o incluso antes. En ese caso el texto no sería otra cosa que una clásica narración de una novela de género. Podríamos como segunda opción despojar al texto de sus connotaciones irónicas y analizarlo con la óptica del caballero: entonces los tropos se re-significarían, dejando de lado esa carga peyorativa y burlesca, reconfigurándose como una realidad completamente posible. Nos permitiría hacerlo incluso el lenguaje que utiliza el autor cuando “da voz” a los personajes. Así quedan entonces determinados dos mundos posibles, convivientes, yuxtapuestos y válidos.
Es más, es en esta convivencia que se vuelve aún más paradójica la obra: un personaje que, a través del anacronismo y la convicción de su accionar totalmente descolocado en la realidad en que se presenta (contexto y personajes) termina siendo la antítesis de lo que él se piensa, lo que él cree ser. Pues él es tanto o más caballero que el mismísimo Cid, que el Amadís de Gaula o que el Palmerín de Inglaterra, pero el rol que le queda asignado en esa estructura ideada por cervantes no es otra que la de un ser que se construye por completo en un tiempo que no es el suyo, en condiciones que parecieran no pertenecerle, pero con el rótulo de la locura y la ridiculez en la frente.

La metáfora quijotesca:
Cuando nos referimos a “metáforas” del griego meta (fuera o más allá) y pherein (trasladar), entendemos: Figura retórica que consiste en expresar una palabra o frase con un significado distinto al habitual entre los cuales existe una relación de semejanza o analogía. Existen de diverso tipo, complejidad y profundidad. En el Quijote veremos desde las más simples, hasta las más complejas que involucra la obra en su integridad, vinculada a su contexto socio cultural (y a la que no llamaré “analogía” por no estar comparando directamente y/o a través del nexo “como” dos realidades distintas, sino dos realidades, ambas extraídas de sus contextos respectivos).

Como ya he dicho previamente, haciendo alusión sobre todo al carácter irónico del texto, el personaje se construye en esa realidad caballeresca de siglos pasados, de valores desactualizados y supervivientes solamente en textos anacrónicos que, aparecen claros desde el primer momento de la narración, desde el título mismo de la obra, el de sus capítulos, y la configuración de la obra misma. De este modo se desarrolla la narración como una metáfora en clave irónica de lo que una obra de caballerías fue y es. Se retoma toda es literatura (que se explica detalladamente en capítulos posteriores en el Quijote) y se crea, tomando como base la estructura ejemplar y clásica de éste género, una nueva obra que, si bien es ciento por ciento original y autónoma, tiene tanta intertextualidad con los siglos XI y XII (de los ciclos de épica) y de los siglos XV y XVI, como párrafos y aventuras tiene la obra.

Lo podemos ver en el capítulo que nos interesa en:
·           El título y configuración del subtítulo.
·           La descripción de cómo es un caballero andante (en el primer párrafo)
·           Cuando cita las obras a las cuales alude, con las cuales dialoga, y las cuales forman parte de la majestuosa intertextualidad quijotesca como lo son el Amadís de Gaula (y su hermano don Galaor) y los demás textos escritos por Feliciano de Silva; don Belianís; el Palmerín de Inglaterra; el Cid Ruy Diaz de Vivar; Bernardo del Carpio y Roldán; Reinaldos de Montalbán: y sus personajes, como los gigantes (Caraculiambro de la isla de Malindrania), los moros y demás indignos.

No es solamente la acción de reprender la épica, emulando la estructura del género según lo hicieran en obras como el Amadís de Gaula (en la versión de sus tres libros, y su posterior agregado del cuarto escrita por Garcí Rodríguez de Montalvo, quien además la continuó en Las sergas de Esplandián), o el Lisuarte de Grecia, el Amadís de Grecia, y el Florisel de Niquea (los tres de Feliciano de Silva), o el ciclo de los Palmerines; sino cargar de otras connotaciones ese mismo contenido escrito, permitiendo que sea leído como un texto caballeresco, con tintes narrativos del siglo XVII, transformando así la obra entera en una metáfora, muchas veces análoga de dos realidades irreconciliables.
Pero volviendo al análisis más particular de éste recurso retórico que nos interesa en este punto, pasaré a detallar ejemplos y explicaciones en éste, el capítulo primero:
·           “[…] no ha mucho tiempo che vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua…”: aparece la metáfora subyacente en la comparación de los caballeros andantes con la figura del hidalgo caracterizada por el autor (¡y cómo viene caracterizada!). Aquella figura de otro siglo, con ésta otra de la actualidad (del seiscientos).
·           “que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera.”: utiliza la comparación de dos actividades bien diversas pero que deja bien en claro la falta de destreza en sendas actividades.
·           “[…] gran madrugador y amigo de la caza”: lo expresa al final de una descripción de la figura del “caballero” que hace el autor. Lo encuentro como recurso metafórico porque, además de ser un elemento descriptivo es una comparación de las características de “los caballeros andantes” y “este caballero andante” en particular, produciendo así un contraste con dos figuras, de la cual resulta la imagen metafórica del Quijote.
·           En el segundo párrafo encontramos, como componente de una frase más extensa, el siguiente comentario: “[…] que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aún la administración de su hacienda…”. Metafórico en el sentido que, olvidar esas actividades propias de quien es el personaje que nos compete, significa olvidar o perder la identidad. En ese sentido encuentro otra comparación en la que subyace otro significado a su alocución.
·           “[…] aquellas intrincadas razones suyas, le parecían de perlas…”: nuevamente aparece un elemento descriptivo pero que incluye una comparación, esta vez entre “razón” y “perlas”: una razón de perlas no imagino más que en una confusa imagen mental y en una clara metáfora sobre cuán preciosas le parecen al autor (el personaje) a las razones del famoso Feliciano de Silva.
·            Y en continuación a la anterior frase y temática encontramos: “[…] y desvelábase por […] desentrañarles el sentido, que […] ni las entendiera el mismo Aristóteles…”: haciendo referencia a las razones que pudieran comprender tanto uno como el otro, pero destacando que ni siquiera quien pudiera hacerlo por sabio o superior, lo podría hacer. Esta frase podría condensarse en la dificultad extrema o imposibilidad de desentrañar las lógicas de don Feliciano de Silva.
·           “[…] se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio…”: es una proposición que, estableciendo el juego de palabras entre los claros de la noche y los turbios del día, vienen a componer un juego de metáforas: por un lado “los días de turbio en turbio” que habla de “la totalidad del tiempo”, de la jornada; por el otro, y más común pero no por ello menos metafórica “las noches de claro en claro” que tiene la misma significación; y por último, ambas unidas, conformando una idea más reforzada de su empecinada labor de lector. Podría también ser considerada una antítesis, como figura retórica.
·           Hablando el narrador de lo que el Quijote pensaba sobre ciertos personajes de la caballeresca (entre bien afamados y no tanto), nos dice: “Decía mucho bien del gigante Morgante, porque con ser de aquella generación gigantesca, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado…”. Lo metafórico acá se lo encuentra en la comparación entre los “gigantes” como figuras toscas, y aquel otro que a pesar de serlo, no lo era, al menos desde el costado de la actitud, confiriéndole categoría “no gigantesca” por su trato “afable y bien criado”.
·           “[…] vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo…”: como si hubiese un “locómetro” en algún rincón del universo midiendo el nivel de locura de cada pensamiento que alguien (que por cierto ya estuvo de antemano clasificado bajo la categoría de poseedor de “locura”) profiriera. Es claro que hace referencia a la exageración metafórica de una condición o pensamiento del personaje principal.
·           “Imaginábase el pobre ya coronado por el valor de su brazo por lo menos del imperio de Trapisonda…”: la metáfora la encuentro en ese “por lo menos del imperio de Trapisonda”, en el cual aparece la figura retórica que nos compete como “conquista”, como logro al menos parcial frente a esa “coronación” total a la que refiere al inicio de la oración.
·           En éste antepenúltimo párrafo se encuentran dos figuras retóricas que, podrían ser incluidas como metáforas (dada la comparación implícita que ellas comportan), pero que podrían ser catalogadas como comparaciones simples y llanas: “[…] tenía más cuartos que un real, y más tachas que Gonela…”: en ambas se comparan dos situaciones hipotéticas pero irreales, unidas por una característica común (y exagerado uno de sus elementos) como los son las tachas, por un lado, y los cuartos, por el otro; dejando así en claro que su rocín no es más que un esperpento de caballo de frente a los otros caballos que luego cita.
·           “[…] porque el caballero andante sin amores, era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma.”: comparación netamente metafórica que nos confronta la significación del caballero andante sin amor, con la de un árbol sin aquello que lo hace árbol y que le es natural, y aquello que pertenece y hace al cuerpo digno de ser llamado tal.
·           “[…] el jamás como se debe haber alabado caballero don Quijote de la Mancha…”: como hipérbaton
·            “[…] una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, […] ella jamás lo supo ni se dio cata de ello.”: la primera parte “moza labradora de muy buen parecer” es un recurso metafórico irónico para nombrar a una “hija de vecino” a una mujer cualquiera, sin distinciones más que las de sus características personales, rasgos definitorios particulares. Por el otro lado tenemos una confesión que hace el autor, que se puede leer entre líneas que es “de quien él un tiempo anduvo enamorado” dado que lo que se observa es la particularidad ya no de ella, sino de él, como “hijo de vecino”, como hombre sin distinción ni clase, lo cual comporta, bajo el análisis que estamos haciendo, una visión de figura retórica de ironía, paradójica desde su raíz lógica (en el contexto de la obra). Y por último encontramos la metáfora del “darse cata de ello” como sinónimo de alusión a la situación concreta (que por otra parte podría ser atribuible a la gramática del castellano del siglo XVII).

Analogía:
Pasemos ahora a analizar la obra con otra lupa, la lupa de la analogía, que podríamos definir como la figura retórica que supone el establecimiento de una relación entre varios conceptos basándose en las semejanzas. Teniendo entonces esta definición como guía aparecen evidentes en el texto los siguientes casos:
·                    En el cuarto párrafo encontramos dos palabras que se toman como sinónimos de otras que nada tienen que ver más que en la figura analógica comparativa de sus semejanzas: por un lado “se enfrascó” como sinónimo de encerrarse o abstraerse en la lectura de los textos caballerescos; y por el otro “secar”, en ese mismo contexto, aludiendo al secamiento de cerebro, como verbo paragonado a la limitación ocurrida luego de tanta caballeresca.
·                    En el séptimo párrafo (por no decir que el séptimo párrafo en su totalidad lo es), encuentro analogía (o podríamos decirle intertextualidad) con los textos escritos por Feliciano de Silva, anteriormente citados por el autor. Son diferentes, autónomos e independientes, pero tienen como semejanza la estructura sintáctica de muchas oraciones, “razones” (como las llama el autor) difíciles de desentrañar, más de un hipérbaton, juegos de palabras y temáticas similares. Para citar un ejemplo: “[…] al fin le vino a llamar Rocinante, nombre a su parecer alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo”.
·                    Otra analogía, tal vez no expresada en un sentido lineal, pero que se explica en el octavo párrafo la encuentro en la explicación que da don Quijote, a través de la voz del narrador, cuando explica el porqué de bautizarse como decide hacerlo. Decidió, una vez nombrado su caballo, nombrarse a sí mismo “don Quijote”, “[…] pero acordándose que el valeroso Amadís, no solo se había contentado con llamarse “Amadís” a secas, sino que añadió el nombre de su reino y patria […], y se llamó “Amadís de Gaula”, así quiso como buen caballero […] llamarse “don Quijote de la Mancha…”.
·                    Analogía se puede hacer también con un elemento al cual ya nos hemos referido con antelación: la intertextualidad. La encontramos desde el título hasta los ejemplos apenas citados, dado que Cervantes lo que hace es presentar un texto análogo a aquellos de la novela caballeresca (que a su vez presentan historias análogas a los ciclos de los poemas épicos clásicos), retomando estilos, modos, personajes, lenguaje expresivo, problemáticas y nudos literarios similares; pero la novedad aquí, como ya hemos dicho, se la encuentra en ponerlo bajo una clave irónica: por los desenlaces, por el anacronismo de la época y los personajes que acompañan y hacen a la historia (si nos paramos desde la perspectiva del Quijote), o del anacronismo del personaje principal que vuelve toda esa analogía una ironía constante.

Tiempos de la narración:
El Quijote analizado bajo la lupa de las funciones distribucionales: Núcleos, Catálisis; y funciones integrativas de la narración: Indicios e informantes:
Para poder determinar estos componentes en el texto que nos interesa, es importante conceptualizar estas funciones. Según cita a Barthes, Irene Klein (en su libro “La Narración”, 1º edición, Buenos Aires, 2007, editorial Eudeba): “los núcleos son las funciones cardinales que corresponden a las acciones principales o nudos del relato, constituyendo los momentos de riesgo del relato”. Por otro lado, pero en estrecha relación, encontramos las catálisis: son de carácter complementario y corresponden a las acciones secundarias o comentarios del narrador que distraen o detienen el relato. Dependen del núcleo, y solo desarrollan su funcionalidad en unión directa con él.

En paralelo a estas dos funciones “gráficas” aparece una tercera: los indicios o informantes,  que son unidades integrativas que solo complementan su sentido en función de las acciones nucleares. Es aquello que se entiende sin ser dicho, aquella información que sin ser literalmente expresada nos permite hacernos una idea mayor, integrada y completa de lo que pasa mientras el relato sucede.

Veámoslo más claramente en ejemplos concretos en la obra:
I.          Núcleos, o secuencia de núcleos propuesta:
Hidalgo de los de antaño, de la región de la Mancha empieza a leer libros de caballerías – se enfrasca en ello y se le “seca el cerebro” – cree que todo es verdad y posible – “rematado ya su juicio le parece conveniente ordenarse caballero andante según el estereotipo leído – pone a punto las armas – encuentra una dificultad en la confección del último elemento militar: la celada – lo resuelve – da nombre a su Rocinante – decide en función de esto nombrarse – se da cuenta que le falta su enamorada – la busca y encuentra en Aldonza Lorenzo, moza labradora – la dignifica a su condición y llama Dulcinea del Toboso.

II.          Catálisis:
Como bien explicaba líneas atrás, catálisis son todas aquellas cosas que van por fuera de el recorrido nuclear propuesto. Pero puedo remarcar al menos cuatro temáticas de catálisis que vienen bien desarrolladas por el narrador y que, si bien aportan mucha información sobre la psicología del personaje y de aquellos condicionantes que lo hacen conformarse quien es, podrían no estar y la historia continuaría en el siguiente capítulo sin mayores problemas:
·                    La explicación sobre los textos de Feliciano de Silva y sus “razones” inextricables.
·                    La competencia con “el cura de su lugar” y el barbero.
·                    Cuando hace la valoración moral, ética y profesional de los caballeros dignos de ser imitados (gigantes incluidos).
·                    Su diálogo, su momento de protagonismo en la historia cuando piensa en la importancia de tener a quien amar, como neto caballero.

III.          Indicios:
Para poder ir delineándolos propongo de analizar párrafo por párrafo el contenido. Vale aclarar que muchos de estos indicios ya aparecieron cumpliendo otras funciones narrativas. Ya los veremos:

En el primero, se destaca la descripción de los hábitos del hidalgo, que por ser “hidalgo” en el siglo XVII ya nos presenta indicios como:
·                    El anacronismo, o la imposibilidad del personaje de ser hidalgo y de buena condición al mismo tiempo. Porque recordemos que el hidalgo, siglos atrás de cuando se nos presenta la narración, era un personaje de elevada condición no solo moral, sino económica, tanto así que le permitía desarrollar el ocio y dedicarlo a las artes de la caza, el amor, la justicia y la defensa del desvalido. Así pues, en esta primera descripción (combinada al elemento, a la connotación irónica) encontramos un personaje empobrecido, de baja condición y sufrida realidad, anciano y de recia figura, conformándose como antinomia de eso que presenta el narrador y que él, como personaje de invenciones cree y configura para sí en su realidad narrada. Imagen que será completada con la descripción de los precarios vestidos de elegancia que vestirá el Quijote.
·                    Por otro lado nos pinta con breves descripciones de sus hábitos, el paisaje físico en que se desarrolla: la Mancha, un territorio de praderas onduladas, pastizales apenas cultivados y mal trabajados (no por su infertilidad, sino por la incapacidad del personaje y de su edad que lo limita a los trabajos manuales, además de sus sirvientes –ama de casa, sobrina y mozo- que decididamente son poco capaces y poco exigidos en las tareas domésticas).
·                    Cuando el narrador hace referencia a su apodo, también dice algo que nos presenta lo que luego aparecerá, con Cide Hamete Benengueli, con mayor claridad: “[…] (que en esto hay alguna diferencia entre los autores que deste caso escriben) […]”, lo cual nos da la idea de una obra que trasciende los confines históricos del relato que se está llevando a cabo, que nos proyectan ya a una realidad aún más compleja, que incluye un pasado, su análisis, autores que representan opiniones sobre casos que son debatidos porque son dignos de ello, y que seguramente en el porvenir de la obra continúen y sean retomados. Nos da un sentido de profundidad e intertextualidad definidos en la obra, y nos enmarca en una narración de la que el narrador pretende que “no se salga un punto de la verdad”.
·                    Un escalón más abajo en la interpretación, encontramos un narrador preocupado por la objetividad de la historia (aún proporcionando comentarios completamente subjetivos sobre la realidad a la que pertenece el Quijote, encasillándolo como uno de esos caballeros “de los de…”), característica que veremos luego proyectada a lo largo de este primer párrafo y los siguientes, como así también del resto de la obra.

En el segundo y tercer párrafos destaco los siguientes indicios:
·                    Cuando habla de la resurrección de Aristóteles, nos remite a su muerte. Pareciera obvio (limitando con la idiotez quizás) el conocimiento de la muerte del filósofo, sin embargo es un indicio de cuanto a él hace referencia: la sabiduría (que se da por sobreentendida pero a la cual no se alude directamente); su muerte; su condición de erudición, a través de la cual pudiera descifrar tamaña “razón”.
·                    En la siguiente línea, luego de ese punto y aparte, el narrador da cuenta sobre las heridas del Belianís y de su indudable fealdad ocasionada por esos malos tratos. Esto nos da indicios de realismo en el imaginario quijotesco, pero a su vez nos habla de cuan mágica, violenta y fantástica fuese la novela de caballerías, características que se irán construyendo apenas en este primer capítulo, y que se fortalecerán en los subsiguientes, y en el desarrollo de la obra toda. No como características lineales que el Quijote retomará cual caballero ordenado como personaje de las novelas descritas, sino como antinomia, como anti héroe (o anti caballero), destruyendo así cada uno de esos requisitos indispensables para la conformación del imaginario caballeresco.
·                    Cuando, ya en el tercer párrafo habla de las competencias con el cura y el barbero, distingo dos indicios que claramente marcan la descripción de la sociedad de su tiempo: el conocimiento de las novelas de caballerías por ambos personajes, por un lado; pero con una valoración que cambia respecto a las que pudiesen haberse hecho en siglos pasados, por el otro: el Amadís de Gaula no es mucho más caballero por su condición de gallardía y valentía, sino su hermano Galaor, por su astucia, por ser de acomodada condición, y por llevar, sin lugar a dudas una existencia mucho más cómoda y menos riesgosa.

En el cuarto párrafo ligada:
·                    Ligada a esa configuración del personaje que se va tejiendo, aparece otra que es la que será central e indispensable para la ironía de la que ya tanto hablé: la locura del caballero andante. Ella se la ve ya en el cuarto párrafo cuando el narrador dice que de tanto leer esos libros “se le secó el cerebro” y terminó por creer cada uno de esos componentes que conforman la literatura leída por nuestro hidalgo. Seguimos de este modo completando los huecos que la narración va dejando libres, reafirmando al condición de anacronismo, la caracterización de las novelas caballerescas, la locura del Quijote y la conformación de la historia “[…]que para él no había otra más cierta en el mundo”, y que es la que en cierta medida leeremos hasta el desenlace del libro.

En el quinto párrafo sigue la descripción y valoración de las obras, pero introduce una diferencia en la jerarquización de la misma, lo cual nos llevará a entender otra característica del personaje:
·                    Compara la moral de distintos protagonistas, exaltando o condenando atributos de su condición. En un análisis lineal, solo vemos a través de su voz, algunas características de lo que ya venimos hablando; pero bajo la lupa de los indicios vemos que en realidad lo que el Quijote hace (o Cervantes en la construcción de su mundo) es configurar los valores que cree justos y justificar el porqué de su elección, al menos de manera sucinta.

En los siguientes tres párrafos continúa las descripciones y acentuando lo ya tratado, llegando al noveno con todo dispuesto para ser ordenado caballero andante. Aquí, en su diálogo, torna a todas aquellas descripciones hechas con antelación para predisponernos a sentir sus palabras como emanaciones del espíritu de uno de esos protagonistas famosos (como un Palmerín, un Amadís, un Belianís, o algún otro digno caballero), pero con un aliciente: su locura. Este indicio claramente completa toda información, destruyendo esa posición literaria tan gallarda, convirtiéndola en una ruina de la elocuencia del imaginario quijotesco. Lo mismo ocurre en el décimo y último párrafo:
·                    Cuando dice “¡Oh, cómo se holgó…!”: no nos describe cómo se holgó realmente, pero lo imaginamos, lo completamos con la construcción hidalga decadente hecha hasta este punto.
·                    La siguiente descripción de la amada, Aldonza Lorenzo, nos provee de una caracterización social más que física, de condición más que de hermosura real. De todos modos, el indicio nos permite construir incluso físicamente a esa “moza labradora de muy buen parecer” como una mujer no agraciada, más bien antiestética que, con un poquito de maquillaje en su nombre podía obtener algo de princesa y de belleza. Belleza digna de alguien bello y digno como el Quijote (bueno, yo también puedo permitirme algo de ironía también).



CONCLUSIÓN GENERAL:

A modo de conclusión me gustaría no explayarme más de lo que ya he hecho en páginas anteriores, pero sí resaltar la riqueza que aflora de un primer y modesto análisis del primer capítulo del quijote, de la importancia de leerlo detenidamente, con la mayor capacidad analítica y de conocimiento contextual posible. No porque sea indispensable para su comprensión, sino para dar cuenta de todas esas puntas marcadas en el trabajo (y las que no están presentes en él), para seguir apreciando y profundizando en un texto tan rico como lo es el Quijote de Cervantes que presenta la realidad de un personaje (como lo es este “hidalgo”) a través de las descripciones del autor (que no resulta ser el mismo Cervantes, sino el autor de la historia, que cuenta un mundo percibido por Cide Hamete Benengueli (el moro relator de la historia) que a su vez había leído sus historias narradas en viejos escritos comprados a escasas monedas en un mercado perdido de algún lugar del mundo sin mucha importancia). Esta habilidosa pirueta literaria meta-ficcional parece buscar dar más credibilidad al texto, haciendo creer que don Quijote fue un personaje real y que la historia podría tener décadas de antigüedad. Sin embargo, es obvio para el lector que tal cosa es imposible, pues la presencia de Cide Hamete plantea múltiples incongruencias temporales. Él es morisco: aunque no se le aplica explícitamente este adjetivo, sí dice Cervantes que es «arábigo y manchego», es decir, un musulmán español de lengua árabe. Esta línea de análisis puede hacerse extensiva a cada rincón de la obra, y por eso es indispensable siempre desconfiar de la buena voluntad de Cervantes hacia el Quijote. Pues él es tan caballero o más que el mismo Cid, que el Amadís de Gaula o que el Palmerín de Inglaterra, pero el rol que le queda asignado en esa estructura ideada por el autor no es otra que la de un ser que se construye por completo en un tiempo que no es el suyo, en condiciones que parecieran no pertenecerle y con el rótulo de la locura y la ridiculez en la frente.

Espero que haya satisfecho, al menos en buena parte, el recorrido analítico de la obra que fue para mí una compañía las más de las veces, una amigo otras tantas, horas de discusión y debate interno, la relectura indefinida (no solo en veces sino en niveles de descomposición) y una empresa ardua, de siembra de dudas y posibilidades que han sido al día de la fecha cosechadas y materializadas como la conclusión de este trabajo aquí impreso.

Mariano Nahuel Bennasar
15 de septiembre de 2013